Otrora, cuando mi cabello estaba entero y de un solo color,
me enamoré como un chorlito. Como un chorlito, no. Más bien como un delfín (los
delfines sí que deben saber cómo enamorarse). A decir verdad, quizás no era
amor, sino capricho u obnubilación; pero se sentía parecido.
Ahora que se me llenó un poco la mente de ideas, puedo decir
que esta chica no era para nada espectacular.
Sin embargo, por ahí fue la forma
en que daba vuelta la cabeza cuando pronunciaban el nombre o la majestuosidad
de su cuello cuando cargaba con una mochila pesada de estupideces lo que me
condujo a ponerle su rostro a todas las cosas. Sí, fue su cuello de seguro.
Corría en contra del viento y conocía muy bien los ojos de
un obnubilado; no porque sobreabundara de inteligencia, sino porque ese tipo de
obviedades son más comunes que las migas de pan.
En fin, y acá termina el relato y empiezan los motivos para
empezar a ser vil, un día se acercó a mí y preguntó cuál era la historia de mi
anillo.
Le dije que ninguna en especial, que me gustó mucho y lo
compré.
Me miró con una cruel compasión y, decepcionada, se alejó caminando.
Entonces aprendí, con la agonía de los que no inventan, que
si le hubiera relatado las mejores batallas, las más místicas promesas, el encargo
de algún moribundo- cualquier cosa que le diera sentido a ese redondel vacío de
metal- hubiera esperado ansiosa otra de mis mentiras.
No hay arte sin guerra.
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